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| Vino de víbora |
| Lunes, 29 de Septiembre de 2008 10:06 |
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Todos los años, cuando hacemos entrega de diplomas en el IAG y me toca decirles unas palabras a los chicos que egresan, hago mucho hincapié en lo importante que es viajar para nuestra carrera ya que considero que es de mucha ayuda para la apertura mental en esta profesión.
Es por eso que junto con un amigo, también profesional de la cocina, decidimos contratar un tour gastronómico en Vietnam. Con la ayuda de un guía mitad australiano mitad vietnamita y la compañía de otros turistas como nosotros, recorrimos el país de norte a sur, comiendo en distintos restaurantes e incursionando en sus cocinas antes de sentarnos a comer. Una noche lluviosa, durante nuestra estadía en la ciudad de Hue, el guía tocó a nuestras puertas preguntando quiénes queríamos ir a ver cómo se hacía el ¡vino de víbora! De todo el grupo, los únicos interesados, obviamente, fuimos mi amigo y yo. Nos llevaron en taxi (cabe destacar que los taxis de allá son muy pintorescos, ya que son como carros de pochocleros, donde el pasajero va sentado adelante en un asiento y el taxista va detrás pedaleando) y luego de transitar un buen rato por caminos de tierra, llegamos a una casa antigua con una especie de amplio galpón. Me llamó la atención que el jardín estaba lleno de ranitas, eran como una plaga. Cuando abrieron las puertas del galpón, entramos en una gran habitación que tenía, de piso a techo, frascos y peceras con víboras de todo tipo. Yo no soy un experto en víboras, y juro que poco me atraen, pero pude identificar algunas cobras. Nos recibieron un hombre, su esposa y su hijo y nos contaron (a través del guía, por supuesto) que en su familia se habían dedicado al vino de víbora por muchas generaciones, y nos invitaron a presenciar “La Ceremonia de la Cobra”. El hombre eligió una de las cobras, la puso en el suelo y comenzó a enojarla con un palo y a agarrarla con su mano, acercárnosla y soltándola nuevamente repetidas veces. Mientras la cobra se iba enfureciendo, y en mi mente se agolpaban pensamientos tales como “si el que la molesta es el vietnamita, ¿por qué me está mirando a mí?” o “¿a qué velocidad correrá una cobra?” o bien “¿me conviene correr para la izquierda o para la derecha?”; alcancé a escuchar la explicación que el guía nos estaba dando: cuando la cobra se enoja y toma posición de ataque, expande la piel que tiene a los costados de su cuello. Una vez que está completamente expandida, se la mata con un palito en la cabeza, se le sacan las vísceras y se pone su cuerpo en un recipiente lleno de sake (vino de arroz), junto con los cuerpos de otras víboras más chiquitas y diferentes plantas y hierbas. Luego se lo estaciona, con lo cual, el líquido va tomando un color más oscuro. Este procedimiento, que para nosotros puede ser si no repugnante, al menos raro y hasta cruel, en la cultura vietnamita está completamente aceptado, ya que se le otorga al vino de víbora, una infinidad de poderes medicinales, para la cura de enfermedades, infertilidad, mal de amores, y un montón de otras cosas que ya no me acuerdo. Los males que en teoría sanan depende de la especie de utilizada, ya que también vimos frascos de alcoholes con lagartos, iguanas y otros tipos de reptiles. Ustedes se estarán preguntando si lo probamos ¿no? Y ¡sí! Parece que si les decís que no, es una ofensa y como no quisimos ofender a esta gente que tan bien nos había tratado, tuvimos que probarlo. Les puedo contar que el resultado es un sake con un fuerte gusto cárnico. Por supuesto que me traje, como souvenir, una botella de vino con la víbora adentro y es la gran curiosidad de todos aquellos que pasan por la bodega de mi casa.
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