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Chasman y Chirolita
Lunes, 18 de Abril de 2011 15:58

Ricardo Gamero, conocido como Mister Chasman, fue un habilidoso ventrílocuo.

Pero esta profesión es algo más que la técnica de poder hablar sin mover los labios.

Para esa voz es necesario encontrar una boca que se mueva, un rostro que refleje humanidad y un alma que transmita el mundo sensible de las emociones.

Nunca en la historia de la ventriloquia un hombre inyectó tanta personalidad a un muñeco, al punto que hoy, a casi once años de la muerte de su dueño, los coleccionistas privados, los millonarios cazadores de reliquias modernas, lo disputan como si fuera un diamante único e irrepetible, sumergido en la oscuridad anónima de un banco.
Nacido en Zárate, provincia de Buenos Aires, en 1938,

Ricardo Gamero vio a un ventrílocuo en Parque Retiro (donde hoy se emplaza el Hotel Sheraton en Retiro) a los ocho años y comprendió cuál era su misión en este mundo.
Su padre, José Gamero, quería que Ricardo siguiera sus pasos de linotipista. Pero su hijo menor tenía otros planes. A los doce, con papel de diario, harina, agua y madera, se dispuso a crear un mono. Mientras le daba forma, descubrió que se parecía más a un niño. Algunos dicen que el muñeco formaba parte de un trabajo práctico escolar. Otros, que fue una orden del corazón. No importa el motivo, pero Ricardo Gamero le pintó los ojos, le puso peluca rubia y lo llevó a un titiritero para que ajustara el mecanismo y le colocara los brazos. Luego le cosió la ropa, lo puso sobre su regazo y, desde entonces, el muñeco no paró de hablarle. Tras cuatro años de estudiar los movimientos del ventrílocuo del Parque Retiro, apenas tuvo su propio muñeco, Gamero se transformó en un profesional completo. A los trece lo puso en un bolso, abandonó la escuela y renunció a los amigos del barrio y a la casa de sus padres en el barrio porteño de San Cristóbal. Es que José Gamero no toleraba ver al menor de sus hijos lanzado al caos de la vida artística. Una y otra vez se atragantaba con la cena y le hacía saber su enojo.
“Vas a tener que vivir en la miseria”, le repetía. Ricardo no soportaba más las presiones y cortó por lo sano: escapó y empezó a trabajar en la calle. Con lo que ganaba en las plazas como ventrílocuo ambulante, pagaba el alquiler de una pensión, donde la propietaria era madre del reconocido fakir y escapista, Tu–Sam, quien entonces iniciaba su carrera flagelándose con todo lo que encontraba. A los pocos meses, Gamero consiguió empleo en un circo y giró por toda Argentina. Empezó trabajando a cambio de cama y comida. Limpiaba jaulas. Alimentaba a los leones. Asistía al mago. Sustituía al malabarista cuando estaba enfermo. Y mientras tanto, pulía la rutina con su muñeco y le ponía un nombre al dúo: él, Mr. Chasman, un nombre distinguido, sofisticado, de mundo. El muñeco, Chirola, la palabra que designa popularmente a la moneda de menor valor del mercado en Argentina.
Así nacieron los Abbott y Costello de la ventriloquia: una pareja perfecta de opuestos, un anfitrión bien hablado, culto y moderado, frente a un niño fresco, vertiginoso, irreverente, artesanal.
A fines de los sesenta, Chasman escaló al prestigioso circo internacional Tihany y recorrió Latinoamérica, ahora afirmado en su show de ventrílocuo. Y allí se enamoró de Ethel, la contorsionista.
En 1964, Ethel y Chasman tuvieron una hija, Sandra. Gamero trajo una vida y perdió otra: Sandra nació sonriente y con buen peso, pero Ethel, la contorsionista del circo, no sobrevivió al parto.
De gira permanente con el Tihany y destrozado afectivamente, Chasman legó a su hija al cuidado de sus suegros, al tiempo que escribía sus libretos en bares de todo el mundo y aprendía a la fuerza las reglas del oficio: no comer antes del show, no tomar bebidas efervescentes, cambiar las B y V por G, las F por J, las M por N y las P por C, para evitar que al pronunciarlas la boca traicionara la magia. En lugar de “boca”, Chasman debía decir “goca”; en lugar de “mamá”, “naná”, pues las B y las M obligan al ventrílocuo a juntar los labios y delatar el truco. Y, la gran especialidad de Chasman, la que lo haría mundialmente famoso: aún con los pulmones llenos de humo, desdoblaba la voz y dialogaba con Chirolita como si fueran padre e hijo. El timbre de Chasman estaba teñido por el cigarrillo, pero Chirolita sonaba tan juvenil y cristalino como siempre.
En Argentina, Chasman y Chirolita actuaron en todos los canales de aire, en teatros y cabarets de más concurrencia del país, eran un fenómeno en expansión, estrellas de los programas más vistos.
Chirola disparaba el rating por las nubes. Era infalible. Las empresas le pagaban fortunas para tenerlo en sus cenas de fin de año. Los presidentes lo invitaban a la Casa de Gobierno, pero Chasman les repetía que no quería meterse en política. Tampoco hablaba en público de religión ni de futbol. Se había jurado no contar jamás chistes de judíos, de negros, ni de gallegos, y no decía malas palabras. En los shows, Chirolita hacía reír, pero el momento fuerte era cuando se ponía serio y narraba la historia de un muñeco de trapo. Era tan triste que hasta el más duro rompía a llorar.
De tan célebre y redituable, Chirolita contaba con póliza de seguros y un vestuario exclusivo con cuarenta trajes y zapatos a medida en cocodrilo, charol y gamuza. Los mismos que, a escala, se confeccionaba Chasman.
Con su segunda mujer, Noemí Farías, tuvo a su hijo, René, en 1975. Para esa época, Chasman tenía trabajo de sobra. Había puesto un negocio de venta de automóviles. Tenían una casa de fin de semana en las afueras y varios departamentos en Buenos Aires.
En el pico de su carrera, a principios de los ochenta, Chasman tenía una función de teatro al día. Los empresarios le ofrecían un buen sueldo para abrir su propia academia de ventriloquia. “Pero lo de mi viejo no era la enseñanza”, evoca René. “Él decía que lo suyo era fruto de mucho trabajo, algo imposible de transmitir”. Era tal la carga de funciones que Chasman empezó a sufrir de la columna. El médico le diagnosticó una hernia de disco y un problema en el nervio ciático. Antes de salir a escena, debía inyectarse calmantes para completar el show sin sentir que el dolor le cortaba la espalda como un hacha.
A mediados de los ochenta las cosas cambiaron en la televisión, de modo que se recortaron los programas de variedades que duraban tardes enteras —donde Chasman y Chirolita eran números fijos. Chirola había perdido su lugar en el mundo. Gamero conservaba escasas funciones en teatros del interior, pero empezaba a perder lugar en la memoria de las nuevas generaciones. Chirola pasaba más tiempo dentro del portafolio que fuera. En 1994, Chasman sufrió un principio de infarto y fue sometido a tres bypass. El cardiólogo le dijo que tenía las arterias tapadas, producto del tabaco y del estrés. Después de eso, Chasman jugó menos al billar. Ya no salía a cazar. Pero seguía fumando sus dos atados diarios de cigarrillos marca 43/70. Pasaba el tiempo junto al teléfono aguardando a que una llamada volviera a ponerlo sobre un escenario. Los últimos años de su vida, Chasman se deprimió. Decía que no tenía plata ni para pagar los medicamentos.
Los programas lo llamaban para apariciones fugaces y, lo que es peor, gratuitas. A fines de 1998 recibió un llamado del canal 7, la señal estatal. Decían que era una propuesta de trabajo. Chasman no tenía dinero para pagar el colectivo así que recorrió a pie los cuatro kilómetros hasta el canal. Llegó, le ofrecieron una miseria, y regresó caminando otros cuatro kilómetros hasta su departamento.
El rechazo y el olvido terminaron con él un año más tarde, en mayo de 1999, mientras se recuperaba de una angioplastía en el Hospital Argerich. Falleció a los sesenta años en una habitación de hospital público, mientras hablaba de tango con una amiga. En un momento de la charla, emocionado, recordando las viejas épocas de gloria donde conversaba codo a codo con el bandoneonista Aníbal Troilo, Chasman se llevó una mano al pecho y se retorció de dolor. “De ésta no salgo”, exclamó y esas fueron sus últimas palabras. Sabía de qué hablaba. ©